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Ni niños, ni adultos: el abismo de los menores extranjeros tutelados en España al dejar de serlo

Ni niños, ni adultos: el abismo de los menores extranjeros tutelados en España al dejar de serlo
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Ni niños, ni adultos: el abismo de los menores extranjeros tutelados en España al dejar de serlo.

El 10.218 no es solo un número, son personas. Son los extranjeros menores de edad que estaban bajo la tutela del Estado español a junio de 2020. Llegaron al país sin ningún responsable, ni familiar, ni tutor y procedentes de un país al que no se le aplica el régimen de la Unión Europea. Después de vivir varios años en España, estos menores se enfrentan a un verdadero abismo cuando cumplen 18 años. Algunos se pueden encontrar hasta sin permiso de residencia. Y los que sí lo tienen se enfrentan a trabas jurídicas para poder renovarlo y comenzar a formarse un futuro. La Federación de Entidades con Proyectos y Pisos Asistidos (FEPA) lo califica como “un callejón sin salida”. “Me produce rabia e impotencia. Estos jóvenes ya son muy vulnerables. Esto solo les produce más y más desesperación y son capaces de agarrarse a lo que sea”, explica Sara Agulló Gispert, abogada de FEPA y técnica de acompañamiento jurídico. Una voz que ejemplifica esa incertidumbre es Ebrima Konateh, un joven nacido en Gambia. Llegó con 16 años a España cogiendo un avión desde Senegal y gracias a unos papeles que le dieron no sabe quiénes y que tuvo que destruir antes de aterrizar en Barajas. “Llegué sin nada y contando mi historia. La policía me preguntaba si yo era menor de edad y yo decía que sí, pero no sabía que era importante”, comienza. Ahora tiene 20 años y comparte piso en Madrid. Se gana la vida como electricista y tiene permiso de residencia y trabajo. Está viviendo. Aunque dice que su sueño es regresar a su país y montar un negocio. Pero para conseguir lo que tiene ha pasado por “mucho miedo”, como él cuenta. Y no solo en el trayecto para llegar, sino también en España.

Un año para llegar a España: torturado y cerca de morir 

“¿Cómo llegué a España? Buah. Es una larga historia”, resopla. Pero dice que la intentará resumir. Todo comenzó cuando él tenía 15 años. Tenía que ayudar económicamente a su familia. Su madre saca adelante sola a Ebrima y a sus cinco hermanos. Cuenta que él nunca fue “el más listo” de su familia ni del barrio, refiriéndose a que siempre ha tenido una pizca de inocencia en sus actos. “Y yo sabía que no había hueco para mí en el país si no eras listo, como se suele decir”, relata. Por eso decidió emprender un camino que duraría un año y pico y cuya meta era coger un barco (“la patera que veis en la televisión”, puntualiza) desde Libia para llegar a Italia. Relata que para llegar a Libia primero tuvo que pasar por Senegal, después por Mauritania, donde ya se le terminó “el dinero que tenía” para viajar, después por Burkina Faso… Y durante el viaje tuvo, en otras cosas, que “cruzar un desierto durante seis horas por la noche”, sin linternas para que los guardias no les vieran, “porque nos podían matar durante el camino”. Durante el viaje se encontró con personas con su mismo objetivo: “Mujeres embarazadas, una niña de 12 años…”. Todos luchando para llegar a Libia y cruzar el mar. Cuando Ebrima por fin llegó a Libia, creyó que ahí terminaría su viaje. “Estaba muy contento. Pensaba que lo único que me faltaba era trabajar para poder sacar dinero para subir al barco que ellos te lo vendían como un barco grande, de varios pisos. Pagando 2.000 dólares te podías subir. Te enseñaban una foto en el móvil, pero luego no era verdad. Ese no era el barco”, asegura. “Hay gente que prefiere morir antes que subir”, insiste. Ebrima no llegó a subirse porque le encarcelaron en una vivienda. “Cuando llegué a la capital, Trípoli, había un conflicto en las calles. La gente normal te cogía, te metía en su casa y pedía un rescate para que salieras. Te torturaban. Y yo lloraba, pero no solamente por lo que me estaba pasando a mí sino también por los demás, por lo que veía a mi alrededor”, prosigue. En ese momento, Ebrima decidió cambiar de rumbo. “Prefiero volver a mí país que morir aquí”, pensó. Pero después de una breve estancia en Gambia, se fue a Senegal en busca de ayuda. Y allí, aunque no sabe quiénes, le consiguieron unos papeles para subir a un avión con destino a España. “No sabía ni qué ponía en los papeles pero me dijeron que al subir al avión los tirara por el retrete. Cuando aterricé en España, le conté a los policías mi historia”. Y así comenzó su vida en España. Después de varias pruebas para comprobar si realmente era o no menor de edad, Ebrima terminó en una residencia de menores. “Los educadores dijeron que yo era un chico tranquilo, que respetaba las normas, que tenía ganas de aprender y por eso me llevaron a una residencia”.

Al cumplir los 18: “Jamás pensé tener tanto miedo” 

Ebrima cumplió los 18 y dejó de ser menor de edad. En ese momento, lo único que sintió fue “miedo”. Más incluso que cuando viajaba hasta España. Se veía otra vez sin nada. “¿Voy a empezar de cero otra vez? ¿Sin tener nada?”, se preguntaba. Cuando un menor extranjero alcanza la mayoría de edad puede encontrarse en dos situaciones: tener en vigor un permiso de residencia temporal no lucrativa, que se llama, o no. En la mayoría de los casos tienen en vigor ese permiso de residencia. Sin embargo, lo incoherente es que en ningún caso cumplen 18 años con permiso de trabajo en vigor. Es decirpueden residir pero no pueden trabajar. A raíz de varias sentencias del Tribunal Supremo (la 1155/2018 y la 110/2019), FEPA denuncia que se han endurecido los criterios para renovar ese permiso de residencia y que ahora se les pide a estos jóvenes “medios económicos suficientes para su sostenimiento”. “¿Cómo van a tener ingresos suficientes si no tienen permiso de trabajo? Esto es muy incoherente. Entonces, nos estamos encontrando que la mayoría de las renovaciones que presentamos a principios de año están viniendo denegadas”, denuncia Sara Agulló Gispert.

Sin herramientas para subsistir

Igor Sánchez Álvarez, coordinador de los programas de inserción laboral de la Fundación ISOS lo describe de esta forma: “En un momento dado tú has acogido a estos menores. Les has protegido pero luego, más allá de los 18 años, no facilitas su proceso de integración social. No tienen herramientas para poder subsistir”, denuncia. Para los menores extranjeros que cumplen la mayoría de edad con permiso de residencia, la ley les exige renovarlo después de un año, pero necesitan unos ingresos mínimos de unos 500 euros (el 100% del IPREM) pero para la segunda renovación, denuncian las asociaciones. La cifra sube exponencialmente hasta los 2.151 euros mensuales (el 400% del IPREM) que no pueden proceder ni de prestaciones públicas ni de ayudas sociales. “Les piden unos ingresos que no tiene casi ningún joven en España”, denuncia Sara Agulló Gispert. Y la solución a este problema es conseguir cambiar el permiso de residencia a un permiso de residencia y trabajo, “pero es un trámite costoso”, advierte Igor Sánchez Álvarez. “Hay que conseguir que una empresa solicite ese cambio ofreciendo una oferta de trabajo que debe ser de un año de duración como mínimo, a jornada completa y con el salario mínimo interprofesional”, explica. Además, aunque estos jóvenes lo consigan, no podrán incorporarse de inmediato a trabajar porque el trámite burocrático para el cambio de situación legal tiene sus tiempos, que pueden ser hasta meses. “Y muchas empresas buscan a alguien para ya”, dice Igor Sánchez Álvarez. “Es muy difícil”, sentencia Sara Agulló Gispert. Por eso, desde FEPA piden un cambio legislativo. “Cambiar el Reglamento de la Ley de Extranjería para que los menores extranjeros tutelados por las Administraciones Públicas alcancen la mayoría de edad con permiso de trabajo y residencia”, piden. Ebrima consiguió ese permiso de trabajo pero gracias a un favor que le hizo un antiguo profesor de matemáticas de su residencia. Le contrató en su gimnasio con los estrictos criterios exigidos por ley, aunque Ebrima, en realidad, no los podía cumplir porque durante el día también se formaba como electricista. Es decir, aunque sobre el papel ponía que tenía que hacer ocho horas, en realidad hacía cuatro. Gracias a ello pudo terminar su formación como electricista y ahora trabaja a jornada completa en una empresa del sector. Ebrima insiste en que él tuvo suerte pero pide también un cambio en la ley “porque hay muchos chicos en la calle debido a esta situación”. No todos han tenido su oportunidad. Noticia extraída de Newtral.es el 22/11/2020